Viajar en tiempos de YouTube

El viaje no es lo que era. Como en tantas otros aspectos de la vida, la tecnología y la interconectividad global han cambiado la forma en que viajamos, sobre todo en aquellos para quienes el viaje independiente —sin agencias ni guías— es la única opción con la que nos sentimos cómodos.

En la época de la información en red, planificas un viaje a una isla tropical y, mucho antes de sentir sus aguas templadas mojándote los pies, ya has visionado innumerables vídeos que te dan una idea fiel de cómo es la playa donde te alojarás, las opciones de vida nocturna o incluso el tipo de peces que puedes encontrarte si te da por hacer buceo o snorkelling. Incluso te han paseado en moto por las carreteras de la isla, todo en alta definición y con una banda sonora sugerente.

Por supuesto, has leído todos los reviews de los alojamientos que estás barajando, hasta hacerte una idea de por qué el que tiene tan buena pinta solo tiene un 6 de valoración y, en cambio, el resort en teoría menos lujoso y mucho más barato se valora con un 8,4. Si te queda alguna duda, has publicado algún mensaje en el foro de Tripadvisor, donde has dado lugar a un animado debate sobre qué complejo es más adecuado para una estancia en pareja, si Sandy Beach o Sunset Resort. Y, ya que estabas, has aprovechado la misma web para hacerte una idea de los mejores restaurantes de la isla, incluido ese garito de pescadores que sirve el mejor marisco de la isla y donde sorprenderás a tu pareja con unas frases al camarero en el idioma local

 

Ranking de actividades en la isla de Ko Chang, con opiniones de usuarios

¿Te suena de algo? A mí sí. Siguiendo cuatro reglas básicas de la investigación turística en internet, he acertado con hoteles en Kuala Lumpur, apartamentos en los Dolomitas, templos en Chiang Mai, estaciones de esquí en la Alta Saboya, museos en Munich, visitas guiadas en Copenhague, carreras de montaña en Suiza y atracciones infantiles en Palma de Mallorca. Una y otra vez, he encontrado lo que buscaba, para el disfrute mío y de los que me rodeaban.

Tú no nos engañas. Has estado aquí antes ¿verdad? —Me han dicho, de broma, después de una comilona en un restaurante “con encanto” en Sao Martinho do Porto, Portugal.

No obstante, diría que, después de otro viaje exitoso, queda como un regusto amargo. Miento: ni amargo ni dulce; simplemente, no queda regusto. Es como una cerveza que se solía vender en Canadá en los años noventa utilizando el slogan de “no aftertaste”. Sí, el viaje ha estado bien, pero….nada memorable. No, no me han timado: he pagado lo justo en cada momento y por cada servicio. Me he asegurado siempre la mejor relación calidad-precio, pero…no he vivido nada de lo que me vaya acordar dentro de diez años.

No es como aquellos días absurdos en Odessa (Ucrania) en el 96, alojados en un hotel infestado de cucarachas, vigilados a cada paso por la mafia local. Ni tampoco cuando, perdido en un pueblito de Maine, después de 23 días caminando por los Apalaches, los habituales del bar de carretera me invitaron a la segunda pinta (“por ser canadiense” (sic)) y me ayudaron a hacer el cartel que me ayudaría a llegar a casa haciendo autoestop. Ni mucho menos como cuando Walter nos condujo al francés Louis y a mí de Salta a Tucumán en su deportivo blanco, aleccionándonos sobre la importancia de salir por patas del hotel antes de que tu compañera de noche abra la los ojos y, sobre todo, la boca.

No: en el mejor de los casos puedo confirmar las casi cinco estrellas del review del destino en Tripadvisor.

¿Será que me estoy haciendo mayor y ya he visto demasiado?

Ruinas Quilmes, en el camino de Salta a Tucumán

Está claro que cada uno viaja como quiere (y puede). Si buscamos la eficiencia, la era tecnológica y de la interconectividad es un regalo. Pero ¿y si viajamos con un cierto ansia de descubrimiento, de sorpresa, de reafirmar la creencia de que el mundo sigue siendo un lugar grande y diverso? ¿Y si somos de los que hemos vivido momentos epifánicos —sí, de esos que han pasado a formar parte de nuestra particular mitología vital— viajando pero, sobre todo, siendo sorprendidos por el viaje? Y si, a pesar de nuestras limitaciones, aún pretendemos sentirnos Ulises navegando por el Egeo, Hernán Cortés descubriendo el Pacífico, o Sal Paradise de fiesta por el Mid-West?

¿Cómo, entonces, recuperar esa ilusión primigenia por el viaje en la época del preview y el reviewYo, a siguiendo el método prueba-error, he dado con las siguientes tres maneras:

Una: Despacito, despacito. (Sí, como dice la infumable canción). No te obsesiones con programar muchos destinos en pocas fechas. Al final las “visitas obligadas” se acaban pareciendo demasiado entre ellas: están llenas de gente que, como tú, se siente en la obligación de visitarlas y de que conste: Been there, done that, took the selfie. Mejor, concédete la libertad de quedarte en un sitio más tiempo del previsto. No te prives de mañanas o tardes en las que no haces nada; simplemente te sientas en un café a ver la vida pasar o tomar apuntes, si te gusta escribir. O a ordenar las fotos que has tomado.

En la medida de lo posible, no reserves todos tus alojamientos con demasiada antelación. (Esto no siempre es posible, sobre todo en países caros). Déjate flexibilidad para enamorarte de una ciudad o de una persona.

Que no te importe ser raro. Coge el tren lento: el que llena la gente local, el que te permitirá saborear el paisaje y preguntarte que demonios son las golosinas que estás comprando a bordo. Alquílate una bici, incluso si lo que luce en Instagram es alquilar moto. Camina a pesar del calor o del frío. Estarás más cerca de la vida que pasa ante ti, y sus sorpresas te pillarán menos distraído.

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Escapando, en bici, de los omnipresentes tours en Vangvieng, Laos.

En Chiang Mai, Tailandia, la atracción número 1 es el templo Doi Suthep, situado en la cima de la montaña del mismo nombre, y donde normalmente se sube en tuk-tuk. Pues yo tomé la pésima decisión de tratar de subir en una ecológica combinación de bicicleta y senderismo que resultó ser todo una odisea. Primero, porque negociar el laberinto de calles cortadas, zoo y campus universitario a las faldas de Suthep me supuso dos horas de bici en lugar de los veinte minutos previstos. Segundo, porque el sendero ya partía desde una cierta altura, a la que llegué empapado en sudor.  Sí, soy un farang (occidental) gilipollas, les decía con mi sonrisa a los lugareños que me veían retorcerme a lomos de mi modesta bici de alquiler, superando otra interminable curva de herradura.

Wat Pha Lat

Después de unos 20 minutos de marcha llegué al bellísimo Wat Pha Lat, un templo tranquilo y recogido en medio de una exuberante vegetación. Allí había más monjes que turistas y, sorprendentemente, no había ni tienda de souvenirs ni de bebidas.  Qué pena, recuerdo pensar, socarrón: aquí lo único que puedo hacer es meditar entre las estatuas  y esperar a que el Buddha me diga algo.

Dos: Escucha a los autóctonos. Claro que es divertido viajar en grupo o conocer backpackers con los que tomarse unas cervezas, pero igual eso viene a ser como hacer lo que hacemos en casa pero con un decorado diferente. Son gente que habla y piensa como nosotros, cuyos mundos se solapan sospechosamente con el nuestro.

Escuchar a los autóctonos nos da una perspectiva sobre cómo se vive realmente en esa cultura: cómo se aprovecha el tiempo libre, como se vive el trabajo o qué perspectiva se tiene sobre los turistas. Nos hace cuestionar nuestros propios modos de vida, e imaginarnos como seríamos de haber crecido en otras circunstancias. Además, nos permitirá conocer pueblos y barrios diferentes (los verdaderos “off the beaten track” de los que hablan las guías de viaje); lugares que seguramente no merecerá la pena filmar para youtube, pero que quedarán guardados en nuestra memoria en HD.

He estado incontables veces en Francia, pero nunca me he sentido tan francés como cuando Patrick, jubilado de Marseille, me invito al apéritif en el modesto camping de montaña en el que estábamos.

—Sí, sí: yo puedo aportar cerveza y patatas fritas —improvisé.

Pero él no se refería a eso.

Non, non…. l’apéritif….!

Y entonces, sacando hielo misteriosamente guardado en el maletera de su coche, me introdujo en los misterios del pastis, esa bebida que llevaba años viendo consumirse en bares de todo el país sin saber cuándo, cómo o porqué. (También, dicho sea de paso, me introdujo en los misterios de cómo, cuándo o porqué alguien en su sano juicio puede votar por el Frente Nacional francés.)

 

Tres: Prueba a viajar unplugged. Yo no lo he conseguido del todo, pero creo que merece la pena no estar tan pendiente de compartir nuestras experiencias en las redes al instante. Que, por cierto, es otra experiencia tan convergente como la de los reviews: yo publico la imagen bonita en el lugar chulo, tú le das al like o corazoncito de turno y declaras que la envidia te corroe. Rara vez se comparte ese momento epifánico en el que te das cuenta, de verdad, de que la mitad de las cosas que haces en tu vida diaria son auténticas gilipolleces, o cuando por fin echas de menos como se merece a quien se fue de tu vida. No: creo que, para que un viaje se convierta en relato, más que documentarlo casi en tiempo real, hay que “dejarlo reposar” en nuestro interior.

Viajar unplugged no es ir sin móvil, que queda muy auténtico pero es poco práctico. Es, más bien, desconectarnos de las reviews, de la tiranía del great value o  relación calidad-precio y, en general, del del vicio occidental de ver el viaje como una inversión de la que se esperan beneficios tangibles y a corto plazo.

Creo que los grandes viajeros toman a menudo decisiones pésimas. Gastan demasiado dinero —o demasiado poco— y pasan por una pueblo o ciudad sin encontrar tiempo para ver su atracción principal, ese incontournable. Pero, a cambio, se mantienen atentos a los lugares que visitan, y a veces tienen la suerte de que algo o alguien en esas ciudades, espacios naturales o medios de transporte llegue a resonar de forma auténtica en su interior, pasando a formar parte de ellos.

Para eso viajamos algunos ¿no?

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